El Misterio de los Estigmas de Cristo

Los estigmas representan un signo de lo que sufrió Cristo durante la pasión, y por tanto constituyen un dato teológico; es decir, son la reproducción fiel en algunas personas de las llagas de Jesús en el momento de su crucifixión, sobre todo en cuanto al lugar se refiere (pies, manos, costado y cabeza).

En los casos aprobados por la Iglesia, los estigmas son una gracia de Dios otorgada a pocos santos, son unos de los fenómenos corporales de la mística cristiana.

Personajes de la Historia que recibieron las Estigmas de Cristo

Hay un buen número de casos que registran los estigmas invisibles.

Que por lo general ocurren cuando, por una profunda humildad, el receptor le pide a Dios que las heridas sean ocultas.

San Francisco de Asís (1181/1182-1226) es normalmente reconocido como el primer estigmatizado en la iglesia católica.

Dos casos relativamente recientes serían Fr. Jim Bruse de Woodbridge, Virginia, un sacerdote católico que fue reportado haber recibido los estigmas el día después de Navidad en el año 1991 hasta 1993.

Y también Georgette Faniel de Montreal, Quebec, que tuvo los estigmas desde 1950 hasta su muerte en 2002.

La americana Marie Rose Ferron (1902-1936) y también Ana Catalina Emmerich (1774-1824).

San Pío de Pietrelcina (1887-1968), o “Padre Pío”, cuenta como recibió los estigmas en forma de heridas físicas inexplicables.

En 1911, Pío escribió una carta a su consejero espiritual y dijo: “Anoche sucedió algo que no puedo explicar ni entender.

En el medio de las palmas de mis manos apareció una marca roja, aproximadamente del tamaño de un centavo, acompañada de dolor agudo en el medio.

El dolor era más pronunciado en el medio de la mano izquierda, tanto es así que todavía puedo sentirlo.
También bajo mis pies puedo sentir algo de dolor”.

Otro ejemplo de esta unión misteriosa entre los estigmatizados y Jesús sería el caso de la Beata María Bolognesi (1924-1980).

Algunos de los estigmatizados como Jesús que murió a los 33 años son Santa Catalina de Siena (1347-1380), el Beato Mariam Baouardy (1846-1878), la Sierva de Dios Domenica Lazzeri (1815-1848), el Siervo de Dios Louise Lateau (1850 – 1883), Teresa Musco (1943-1976), Santa Faustina Kowalska (1905-1938) que llevaba los estigmas invisibles, Sor Josefa Menéndez (1890-1923) que llevaba la corona de espinas, y la mística norteamericana de Rhode Island, Marie Rose Ferron (1902-1936).

En lo que respecta a Marie Rose Ferron, un éxtasis 7 años antes de su muerte, le dijo Jesús que, como él, moriría a los 33 años.

Desde la década de 1980 hasta hoy, por ejemplo, supuestamente se produjeron en la joven mujer católica casada llamada Myrna Nazzour de Damasco, Siria.

Y también en un hombre católico casado retirado de Michigan llamado Irving “Francis” Houle que murió en 2009.

Los criterios utiliza la Iglesia para probar que unos estigmas son auténticos son:

1.- Los estigmas estarán localizados en los lugares de las cinco llagas de Cristo.
2.- Los estigmas aparecen todos al mismo tiempo.
3.- Los estigmas parecen espontáneamente mientras la persona ora extasiada.
4.- No se pueden explicar por causantes naturales.
5.- No degeneran en necrosis.
6.- No emiten mal olor, al contrario se habla de olor a flores.
7.- Carecen de supuración o, que es lo mismo, de infecciones.
8.- Sangran diaria y profusamente.
9.- Se mantienen inalterados a pesar de los tratamientos. Es decir, no sufren procesos de descomposición.
10.- Provocan una importante modificación de los tejidos.
11.- Ausencia de una perfecta e instantánea cicatrización.
12.- Están acompañados de fuertes dolores tanto físicos como morales, así como departicipación en los sufrimientos de Cristo. (La falta de dolor es una mala señal que hace dudar).

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La Condesa Sangrienta

Aristocracia, educación y esoterismo
Erzsébet o Elizabeth Báthory nació en Nyírbátor, Hungría, el 7 a agosto de 1560 en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Transilvania. Su tío Esteban I Báthory, príncipe de Transilvania, se convirtió en rey de Polonia a finales del siglo XVI.

Elizabeth recibió una amplia y exquisita educación aunque también estuvo en contacto desde su más tierna infancia con la alquimia y el esoterismo, prácticas ampliamente practicadas por algunos miembros de su dinastía.

Cuando sólo contaba con 15 años se casa con un noble, el conde Nadasdy, gran guerrero conocido como “El Héroe Negro”, y se van a vivir en un solitario castillo en los Cárpatos.

El conde no tarda en ser reclamado en una batalla, por lo que se ve obligado a dejar sola a Elizabeth por un tiempo.

Al cabo de muchos momentos en espera de su marido, ésta se aburre por el continuo aislamiento al que estaba sometida, y se fuga para mantener una relación con un joven noble al que las gentes del lugar denominaban “el vampiro” por su extraño aspecto. En breve regresa de nuevo al castillo y empieza a mantener relaciones lésbicas con dos de sus doncellas.

Desde ese momento, y para distraerse de las largas ausencias de su marido, comienza a interesarse sobremanera por el esoterismo, rodeándose de una siniestra corte de brujos, hechiceros y alquimistas.

A medida que pasaban los años, la belleza que la caracterizaba se iba degradando, y preocupada por su aspecto físico pide consejo a la vieja nodriza. Ésta, le indica que el poder de la sangre y los sacrificios humanos daban muy buenos resultados en los hechizos de magia negra, y le aconseja que si se bañaba con sangre de doncella, podría conservar su belleza indefinidamente…

Elizabeth ya empezó a martirizar a sus sirvientas con los más retorcidos métodos como cubrirlas de miel y dejarlas en medio de un jardín para deleite de los insectos o dejarlas en el frío invierno fuera mientras las congelaba con gélidos cubos de agua hasta convertirlas en auténticas estatuas de hielo. En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, la Báthory tuvo todo el tiempo y la soledad del mundo para desarrollar sus aficiones hasta un grado de sofisticación sádica escalofriante.

La muerte de Ferenc en 1604 fue el punto de inflexión definitivo en la espiral de violencia de Isabel, que al verse viuda dio rienda suelta a toda su psicopatía. De entrada echó del castillo a su suegra y al resto de parientes de su marido, y con la ayuda de su cómplice Darvulia, una supuesta bruja de la región, montó un siniestro laboratorio -más bien cámara de suplicios- en los sótanos del castillo y se dedicó a las prácticas de magia negra. Entre los aparatos de tortura que supuestamente guardaba en las mazmorras había un autómata llamado La Virgen de Hierro, una dama metálica con un mecanismo que clavaba puñales, además de diversos atizadores enrojecidos al fuego, ganchos y todo lo que la imaginación pueda concebir en estos casos. La razón de esta sinrazón es que Isabel quería mantenerse bella y joven para siempre -tenía 44 años, que en aquella época era casi la tercera edad-, y la fuente para obtener la eterna juventud era la sangre de las chicas a las que torturaba. Bebía su sangre, se daba baños de sangre, arrancaba su carne mientras sus sirvientas las sujetaban y cometía actos tan atroces que resultan casi imposibles de creer.

Se dice que asesinó de una manera cruel a cerca de 650 niñas.

En el juicio, Isabel se negó a declarar, acogiéndose a sus privilegios nobiliarios. Condenada a cadena perpetua, tapiaron su habitación y allí vivió emparedada durante casi cuatro años, medio muerta de hambre y de frío, alimentándose de la escasa comida que le hacían llegar por una ínfima ventanita. Nunca mostró arrepentimiento ni llegó a entender por qué la condenaron. Murió el 21 de agosto de 1614, al anochecer, “abandonada de todos”, según un cronista de la época.

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